tratado para radicales – Saul Alinsky


 

a continuación cuelgo artículo de madrilonia.org sobre libro de Saul Alinksy sobre activism ciudadano en comunidad de perspectiva local y práctica por si interesa:
 
 

 Alinsky, los revolucionarios pragmáticos y la organización

 

 

 

Poco conocido en España antes de la publicación de Tratado para Radicales en Traficantes de Sueños, Saul Alinsky es uno de los personajes centrales de la tradición revolucionaria americana reciente. Odiado como al mismísimo demonio por la derecha conservadora americana, la influencia de Alinsky es gigantesca y el énfasis en los temas y los métodos de lucha en los que hizo hincapié no ha dejado de crecer desde su muerte en 1972. Para valorar las dimensiones gigantescas del tipo de figura pública de la que estamos hablando baste decir que la joven abogada Hillary Clinton, entonces preocupada por los derechos civiles, escribió su tesis doctoral sobre Alinsky o que Barack Obama comenzó su actividad política como organizer, la figura política fundamental en los planteamientos de Alinsky, en los barrios negros de Chicago. Nos hemos quedado sin saber lo que hubiera pensado Alinsky de la evolución posterior de estos pupilos suyos, muy posiblemente les hubiera dado el mismo tratamiento de humor ácido sin piedad que aplicaba a los poderosos en general. Desde luego, aparte de estos casos de relumbrón y ascenso político, lo cierto es que los métodos y las tácticas de Alinsky ha inspirado cientos de luchas comunitarias en los Estados Unidos. Y, quizá más importante, dado que algunos de los procesos sociales y políticos que llevaron a Alinsky a sus planteamientos organizativos, comunicativos y tácticos no han hecho más que extenderse desde entonces y que, en concreto, hoy, nos encontramos de frente con la cuestión de la organización política del malestar y de la revolución democrática, dos temas centrales en Tratado para Radicales, sus puntos de vista nos pueden ser de mucha utilidad.

En general, la visión de Alinsky sobre la organización para la revolución en Tratado para radicales se sitúa entre lo que él creía que eran dos puntos de bloqueo de la política de su época. De un lado, el comunismo más dogmático, ya entonces, marcado y desactivado por la dinámica geopolítica de bloques de la Guerra Fría. Y, por otro lado, el gran caudal revolucionario contracultural de los años sesenta americanos que tuvo su punto álgido en el 68 y que Alinsky percibía como fundamentalmente inoperante y desorganizado. Frente a estos dos polos, Alinsky va a proponer una estrategia revolucionaria centrada en que las comunidades urbanas desarrollen políticamente, con la intermediación de los organizers,  sus malestares a partir de estructuras organizadas de lucha. Estas luchas son, en la mayoría de los casos, específicas y están situadas, pero, la comunidad que emprende el camino de la lucha queda, de alguna manera, transformada y no vuelve a caer en la aceptación impotente de las cosas en que vivía antes de organizarse. Alinsky piensa que la multiplicación de revueltas comunitarias tendrá como resultado final una revolución a escala nacional y que, cada comunidad es un punto estratégico de esa lucha que cada organizer debe encargarse de sumar para la causa de la revolución.

Alinsky es fundamentalmente un pragmático, un experto en la práctica política, y le interesan poco las discusiones intelectuales que no están incrustadas en una estrategia de ataque al enemigo político. Toda la primera parte de Tratado para Radicales está precisamente destinada a que los militantes políticos abandonen su arraigada costumbre de centrarse en el debate conceptual como si fuera la arena donde se va a jugar el combate por la justicia social y la cambien por una reflexión práctica sobre como, y con que pasos concretos, se ganan los conflictos sociales. La posición de Alinsky es taxativa, el conflicto está dado: los intereses oligárquicos han traicionado la democracia americana, originalmente revolucionaria, y la han puesto a sus pies. La recuperación de esta democracia robada no requiere de grandes esfuerzos teóricos y de fundamentación moral sino de que la inmensa mayoría de la población recupere los canales de intervención política que los poderosos les han robado. Y para montar esta tesis, Alinsky se basta y se sobra con la tradición de análisis de Tocqueville, en la que se advierte permanentemente que una democracia en la que los ciudadanos no esten involucrados en la toma de decisiones automáticamente deja de tener que ver con el autogobierno para pasar a ser un régimen oligárquico con elecciones.

La figura política clave en el esquema de Alinsky es el organizer (organizador). Mezcla de aventurero político y retórico socrático, el organizer recorre los vecindarios desposeídos de América buscando los malestares de la población para transformarlos en revuelta política. Alinsky dedica su tiempo al perfil psicológico que debe tener el organizer, fijándose en detalles que van desde como presentarse en una comunidad extraña hasta qué frecuencia de relaciones sexuales debe mantener el organizer con su pareja. El punto central es que el organizer debe, en la mejor tradición socrática, dedicarse en cuerpo y alma a ayudar al alumbramiento de una comunidad politizada que identifica sus problemas, sus enemigos y sus tácticas de batalla. Aunque, en ocasiones, en los riquísimos ejemplos, se puede ver como el organizer se desliza desde la noble mayéutica hasta la manipulación naïf pasando por distintos grados de persuasión y seducción, lo cierto es que Alinsky creía a pies juntillas que la articulación de los intereses políticos de los desposeídos y los excluidos requiere fundamentalmente que estos dispongan de los canales comunicativos y los vehículos organizativos adecuados para hacerlo, antes que de ningún adoctrinamiento ideológico. Y, esta si, es una visión que sigue siendo fundamental hoy.

Uno de los puntos centrales que trabaja el organizer con la comunidad es la comunicación. Y aquí también Alinsky tiene un punto de vista rotundo que sigue siendo igual de válido hoy: ninguna comunicación política tiene perspectivas de salir adelante si no se mantiene dentro del marco de experiencia de aquellos a los que se dirige. En este sentido, el comunicador político no tiene que tener miedo a ser esquemático, panfletario, soez o vulgar sino a que no le entiendan. La misma falta de prejuicios y énfasis en la eficacia que debe tener la comunicación política se debe aplicar a las tácticas de lucha. Manteniendo el principio general de que la táctica buena es la táctica útil, Alinsky propone un imprescindible decálogo de elementos que constituyen una buena táctica. En ellos, Alinsky hace toda una defensa, plagada de ejemplos desternillantes, de la innovación política, la sorpresa, la diversión y el sentido del humor, sin perder jamás de vista que la palabra clave es eficacia.

Sobre todo al final de su vida, cuando se publica Tratado para Radicales, aunque Alinsky sigue manteniendo esa visión, tan americana, de la sociedad como un agregado de comunidades en las que se constituyen los sujetos políticos, pone claramente en su punto de mira, y esto es clave, a las clases medias como sujeto político de la revolución democrática. Alinsky tiene claro que no puede haber una revolución que no cuente con el respaldo de la mayoría y que la mayoría de la sociedad de su época se define como clase media. El reto entonces, para Alinsky, se convirtió en politizar y organizar a estas clases medias de la misma manera en que lo había hecho para cientos de comunidades norteamericanas. Sin embargo, este proyecto estratégico quizá sea mucho más factible hoy de lo que lo era a principios de los años setenta, Alinsky fundamenta su esperanza en que las clases medias se rebelen contra el régimen oligárquico en un tipo de crítica cultural, frecuente en la época, a la que podríamos llamar el descontento entre la abundancia y que remite al vacío existencial que habrían de encontrar las clases medias al final de la consolidación de sus altos niveles de consumo y de seguridad material. Una visión que, pese al desprecio político que sentía Alinsky por la contracultura, es la misma que alimentó parte de la revuelta del68, a la que acusaba de irremediablemente desorganizada. Sin embargo, hoy nos encontramos con que esas clases medias están perdiendo a pasos agigantados los soportes materiales de la subjetividad, esa que dice “no quiero pelear porque vivo bien”, que les constituye como tales clases medias, haciendo que se despierten malestares políticos tan profundos, y tan transformables en espíritu de revuelta, como los de las comunidades de desposeídos con las que Alinsky trabajó toda su vida.

08/01/2013

Isidro López

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